9.16.2013

De Chihuahua a Mochis, en el Chepe, la muchacha...


Mujer que viaja sola, sin miedo a las alturas. 
[para salvoconducto: los sueños, el deseo, la sonrisa... ¡y ya!]

Mujer que viaja sola: cuerpo nómada en el ejercicio del derecho constitucional 
al libre tránsito... (volar, también, es un acto político)



Tenía los 18 años cumplidos cuando supe de la existencia de "el Chepe". En la recepción del hotel donde era telefonista tenían el Directorio Nacional de Hoteles y Moteles... en algún momento llegué a Chihuahua y, los hoteles ubicados en la ruta, hacían mención de él.  Lo supe entonces: ¡quiero hacer ese viaje!



19 años tuvieron que pasar para que este amor homérico, por fin, se realizara. 19 años (toda una vida) para que mis pasos, el azar (y las promociones de Volaris) me llevaran a esa estación de tren donde, temprano en la mañana, el Chepe rugía.

***

Dejé Tijuana, muy temprano, el domingo 1 de septiembre.  Por misterios en la logística aérea nacional, mi vuelo a Chihuahua me llevó al D.F., a transbordar. Yo lo celebro.  

Coincidencias gratas y afortunadas, desde la sala de espera, hasta el taxi compartido... ¡y esas nubes! Visita "de doctor", que ciertamente algo alivió (¡y de qué forma!). Y la sonrisa grande, que la capital del país me planta, cada vez.


***


Llegué a Chihuahua con el último rastro de luz.


Un taxista muy amable me llevó hasta el Hotel Plaza, en el Centro.  La conversación, en el trayecto, giró en torno al clima de Tijuana, Mexicali y Chihuahua; comentarios sobre las bondades y maravillas en la ruta de "el Chepe" y anécdotas sobre algunos de los edificios que observábamos en el centro de la Ciudad.  Me di cuenta que no preguntó por la violencia en Tijuana... 

El Hotel Plaza está en el centro, sobre un callejoncito algo oscuro detrás de la Catedral. Reservé por teléfono, googleando, y debo reconocer que los argumentos de convencimiento del joven que me atendió fueron decisivos en mi elección. No me quejo, al contrario: habitación funcional, limpia, amplio baño y paleta de color agradable.  Uno de los colchones más deliciosos en los que he dormido. ¡Y me aplicaron el descuento de agosto, en pleno septiembre! ja


Me quedé con las ganas de ver Chihuahua de día, con la luz del Sol, digo.

El martes 2 de septiembre desperté a las 4:00 a.m. Tomé un baño, preparé mis cosas y, tal como lo solicité, a las 5:00 en punto tocaban a mi puerta para avisar que el taxi había llegado por mí.

Salí del hotel y Chihuahua seguía oscura, ni atisbo del amanecer.  Olor a taxi nuevo. $50.00 pesos hasta la estación del tren (que no estaba muy lejos). 5:15 a.m. y ya estaba en la fila. Taquillas abiertas y personas con maletas, bolsas, sombreros. El Chepe, tras la puerta, rugía.



Puntual, a las 6:00 a.m., el Chepe inicia el camino, conmigo dentro.

Asiento 15.

Los porteros son como en las películas, el chaleco, el sombrerito.  Pero no gritaron el tradicional "Todos a bordo". Javier, el encargado de mi vagón; Mario, el anfitrión, guiando desde el micrófono con instrucciones diversas.

El Chepe avanza lento, pero al interior lo siento vibrar.

De a poco se hace de día.

La luz va poniendo al descubierto el verde absoluto. "Nos ha llovido mucho", dijo el taxista de la noche anterior.




Mi asiento está del lado del amanecer.

En el horizonte: montañas de siluetas caprichosas, nubes dispersas y grandes extensiones de ese verde absoluto.  La belleza.

Sucumbo al sueño por un instante, como de dos horas. El Chepe, a pesar de su rugir, arrulla con dulzura. 


Para entonces, el vagón comedor ya está abierto. Plato de avena, pan tostado (a la plancha, mil veces mejor que en tostador) y café. Me recuerda el desayuno en casa de mi abuelita.

De vuelta en mi asiento nos ofrecen "souvenirs" de El Chepe... demasiado costosos, para mi gusto.

Observo todos esos árboles del camino y me pregunto ¿quién se tiende bajo su sombra? ¿qué sueños cobijan sus ramas?






Quisiera contarles lo que veo:
la tanta belleza
agolpándose contra mis pupilas
El tamaño de mi asombro —del color del horizonte.
Cada diminuto árbol que, a la distancia
se vuelve mullida falda de los cerros.
La serie de estacas
de todos tamaños y grosores que
alineadas nos ven pasar.
Ruinas de viejas estaciones
durmientes roídos
Niños corriendo 
a la orilla del arroyo con su perro
Y el tan todo verde,
hasta donde alcanza la vista.

Imágenes tajantes: 
lo mismo que el arroyo
que corta la colina,
la rompe,
interrumpe su verdor
—cuchillo de agua
de tajo.

Flores diminutas que le añaden tinte
colorido (amarillo, magenta, naranja)
al paisaje verde.

Estacas, más estacas y alambre de púas.
Arroyos que invitan a meter los pies.
¡los pinos!


Momentos rocosos me traen nostalgia por La Rumorosa.  Borregos echados a descansar.  

El Chepe se anuncia en cada cruce de caminos.  Desde el interior, lo escucho como a un tren lejano.

Acá, arriba, el cielo es de otro azul.


¡Las nubes!... 


***


Alrededor del mediodía llego a Creel.

El transporte del Villa Mexicana Creel Mountain Lodge, espera para llevarme al hotel, junto con otros pasajeros con el mismo destino. 

Tengo la cabaña 108: 2 camas matrimoniales, cafetera, tv, un baño bastante decente y mi propia mecedora en mi propio porche.  Y, tras las ventanas, esas maravillosas nubes. Olor a madera.

Mensajes a la familia y amigos. Celular cargando batería.  Siesta de 3 horas.


[pausa necesaria]


Cada minuto en este viaje me confirma que la decisión fue acertada. Chihuahua me recibe generosa de ocaso y amanecer, de nubes y verde.  Tanta belleza en el camino que quisieras no parpadear para no perder detalle alguno.  Tanta belleza que pudieras romper en llanto del asombro.

Amigos que responden tus mensajes.  ¿Hace falta más?



La tarde se pone fresca. Sopa de tortilla para el alma, en el restaurante del hotel, caminata por los alrededores. Fotos.

Vuelvo a mi cabaña... E.S.T. plays Monk suena desde el celular.



Estas hojitas cantan. Desde los árboles alrededor, con la caricia del viento. Me recuerdan el murmullo del mar.


Sonidos de una carretera cercana. El [otro] Chepe, que sube, de Los Mochis a Chihuahua.  Recuerdos, aún frescos, en mi cabeza... pudiera habitar esta tarde para siempre.



Como atraído por las notas de Monk, un ave de alas azules se posa sobre el letrero frente a mi porche. El azul de su vuelo, al agitar las alas, me pinta la tarde. Otro más se acerca, sí, creo que les gustó la música.

Las nubes de Creel son un encanto.  La noche se deja caer... suavecito.


***

Martes 3 de septiembre.

¡Buenos días, Creel!

Regaderazo.

En la cabaña suena Mulatu Astake y la llovizna suavecita de Creel.

Olor a tierra mojada, camino al desayuno. Nubes sonriéndole a su reflejo en los charcos. "El Comal", dice el letrero sobre la entrada a la cocina.  Rita, con la amabilidad que la caracteriza, trae mi avena, mi pan tostado, mi café.  Esta vez coincido en el comedor con otros huéspedes: parejas de la edad de mis padres y señoras mayores que bajaron del tren ayer.  Me doy cuenta que he visto pocos jóvenes.  Las conversaciones van de la presión arterial al diabetes, antiguos viajes, etc.

Confieso que, justo ahora, no tengo idea dónde queda el Norte.

El sol se abre paso entre las nubes, ilumina mi mesa, mi taza de café, el humeante plato de avena, la canasta del pan tostado, los colores del mantel.


¿Y ellos siguen juntos?
Pues se juntan y se despegan—
Cuando tienen hambre, cuando tienen frío—
(Conversación desde la cocina, 
sobre unos dos y su estatus sentimental)


11:30 a.m. El Chepe llega por mí.  ¡Hasta la próxima, Creel!


***


Arrancamos lento.  Esta vez comparto asiento, tengo la ventana.



Hoy veo más flores, más amarillo entre el verde. Más rocas, más nostalgia por mi Rumorosa.


Todo es pinos y nubes. Todo.

"Estamos por pasar por El Lazo, iniciamos el descenso", anuncia el portero desde el micrófono. "Descenso de 160˚" (¿?)

Observo:

Todo mundo debiera viajar en tren.  En este tren.  Algo de nostálgico tiene, algo de otoño memorioso.  La sensación de que el bosque, desde afuera, te adivina el pensamiento.

Días para sentirse ninfa del bosque, musa de Alfonso Mucha.

"Divisadero, bajamos 15 minutos", anuncia nuestro portero.




Momento de fotos. Nunca falta el amable turista que te hace el favor de tomarte la foto del recuerdo. 15 minutos no son suficientes.

En Divisadero subieron algunos gringos. Señores con traje de niño explorador, gringos de safari. Desde Arizona y Texas.

Más edificaciones abandonadas, en el camino. Algunas sin techo ni ventanas. Cristales rotos. Otras, apenas restos de adobe.

"50 minutos para Bahuichivo", dice el portero recorriendo el pasillo.

La imponente montaña, los arroyos que vuelven.  El sol, sin aparecer desde hace rato. Todo es nubes.  Cerros "enmallados" para evitar derrumbes. Túneles y puentes.

Llueve.

Se escucha la lluvia caer sobre el lomo metálico de El Chepe.

Suena "As time goes by" (en otro momento hablaré del soundtrack del tren) y, de pronto, me siento una Mata Hari atravesando los Pirineos, o los Alpes, o alguno de los escenarios de la Segunda Guerra Mundial, en una tarde lluviosa.

Relámpagos.

¡Lluvia en el tren, lluvia en el tren, señores! (imágenes que se llevan en el alma, para siempre).

Este viaje es un poema.


***


3:00 p.m. Bahuichivo me recibe lluvioso.

Bajamos varios, sólo yo rumbo al Cerocahui Wilderness Lodge.  Jaime y Charly me esperaban con una tarjeta con mi nombre en las manos.

Escala técnica en una tienda. Jaime advierte "mande sus mensajes de una vez, porque allá arriba la señal falla".

Luego de 40 minutos de camino, con escala para tomar foto a la piedra "El Oso", estábamos en Cerocahui, entonces iniciamos el ascenso de la montaña.

Al llegar, Leticia sale a nuestro encuentro. Me da la bienvenida y me ofrece un cafecito, que —obvio— jamás podría rechazar.  Salgo al balcón del lobby... la vista: ¡es-pec-ta-cu-lar!




El hotel está en remodelación. Jaime y Leticia, los dueños desde hace poco, tiene grandes planes para ese espacio en la montaña.  Por algún misterio de la vida y como gesto de su generosidad, aceptaron mi reservación aún en esos días de tanto trabajo. Lo agradeceré eternamente.


Jaime me lleva a la habitación que prepararon para mí.  Soy feliz, es perfecta. Leticia me avisa que la cena se sirve a las 7:00 p.m.  Llamé a mi madre para hablar con la Kix, para decirle que algún día la llevaré hasta ese maravilloso lugar, conmigo.




Ahora escribo desde el borde de una de las camas, frente a la ventana y, desde el celular cargando batería, suena la trompeta de Stanko ¡quién más!  y su "Noche Suspendida".   Al iniciar la Variación No. II, siento que este momento toca la perfección. (Quiero vivir aquí).

Llegar a este hotel fue decisión de último momento (4 días antes de salir)... ¡afortunado último momento!


5:20 p.m. Descubro que una puede quedarse con el mismo embeleso hipnótico, con idéntico arrobo— mirando a la montaña como se hace con el mar.


Mi hija está bien, comiendo rico en casa de mi madre, contenta. Yo, desde este rincón de la montaña descubro que los grandes momentos de la vida son así.  No hay más.


Mujer que viaja sola
sin miedo a las alturas
viajera silenciosa
—ruidosa por dentro
con el asombro desbordado
en la mirada.

Una puede fácilmente
enamorarse de lugares así.
Una puede dejar que el cordón 
que la une a tierra firme
se enrede en el camino
—se rompa
Una sabe, sin embargo
la ruta de emergencia, para volver.


[Quiero llevarme esta ventana amarilla conmigo. La ventana amarilla, con todo y su pared amarilla y su cortina amarilla y su tan todo verde detrás]


De pronto recordé el viaje de la Sand, de Francia a Venecia, la imagen de Ella, escribiendo desde la cama, frente a la chimenea.  Puede que este sea un viaje más afortunado: no hay Musset, ni Piagelo.

"¿Será que hacemos las cosas sólo para recordarlas?" Quizás, Jaime, quizás... al menos yo sí quiero recordar este momento.


***



La cena, puntual a las 7:00 p.m.

Leticia, originaria de Los Mochis, tiene un sazón muy parecido al de mi abuela materna (también sinaloense).

Sopa de coditos (para el alma), picadillo con pasta, ensalada; café con galletas, de postre.

Cena con sazón casero sumándose al ambiente cálido, atención personalizada y generosa hospitalidad. Me siento afortunada.





Tuve oportunidad de conversar con Jaime, luego de la cena.  Me comentó los planes de crecimiento que tienen para el Hotel.  Dijo que debo ver el lugar nevado... con luna llena.  Puedo imaginarlo.  Estoy segura que en poco tiempo, el Cerocahui Wilderness Lodge, se convertirá en uno de los destinos más buscados de la región.

La noche: deliciosa.  La temperatura bajó un poco, pero con chimenea en mi habitación... dormí como bebé.




***

Miércoles 4 de septiembre.

¡Buenos días, Cerocahui!

Despierto con "Song for Sarah" y la trompeta de Stanko. Dreamy.

Empieza a clarear. Escucho, a la distancia, el canto de un gallo. Amanece detrás nuestro. El sol comienza a iluminar la montaña de enfrente. El cielo tiene un azul muy dulce y algunas nubes. Las aves parecen estar de fiesta.

Luego de un baño salgo a desayunar, pero antes merodeo los alrededores del hotel.  Claro, tomo fotos.



El desayuno: ¡el mejor plato de avena de todo el recorrido! Café, jugo, huevos con jamón y frijoles con quesito Chihuahua, tortillas de harina y pan tostado. Todo con el sazón de mi abuelita.

Vuelvo a la habitación, a leer. Alfonso Reyes, todo un caballero acompañándome en el viaje, con su "Teoría Literaria". Ahora suena M. Nyman, sí, The Piano Soundtrack. Claro, esto no es la jungla de las islas polinesias, pero bien puedo imaginarme el andar de Ada entre el espesor de estos bosques. 


El día avanza y de pronto la nostalgia anticipada. "Saldremos a las 12", me avisó Jaime. Pienso en las sutiles formas en que guardaré la silueta de esa montaña en la ventana.

[a este lugar se viene a desintoxicarse del mundo.]

Una no puede evitar plantearse la pregunta: "¿A quién quiero traer aquí?"  (a lugares así se trae a quien amas...)

***


Dan las 12:00 p.m., me despido de Leticia, le dejo mis datos y la promesa de volver.  Charly nos lleva, a Jaime y a mí, hasta la estación del tren en Bahuichivo. Antes de éso, me sorprenden con otra muestra de generosidad: una visita a la Cascada de Cerocahui.
Casi 30 minutos de caminata, entre senderitos, subiendo la montaña, hasta llegar a uno de los lugares más impresionantes y bellos que he visto.





La fatiga de la caminata desapareció tan pronto la vi. La belleza del lugar, la sensación de saciedad y paz que me transmitía, hizo que olvidara los minutos andados, para disfrutar plenamente ese momento.

Sin dudarlo me deshice de los zapatos y me subí los pantalones, para meter los pies al agua.  Anduve entre las rocas, me senté por instantes, mojé mi frente y nuca... la felicidad también existe en estado líquido.







Y, sí, una pertenece irrevocablemente a los lugares que le han mojado con sus aguas...

¡Cerocahui, te amo!
 [ya quiero volver]


Gracias Jaime, Leticia y Charly.


***


3:30 El Chepe llega por mí.


Dejo Bahuichivo.  Inicia el descenso, bajo la lluvia, de nuevo.  Escribo un mensaje a mi padre, que enviaré tan pronto tenga señal.

Llueve a cántaros. El Chepe, lento, por la lluvia. Cadencioso, parece hablarnos de amor en el sutil vaivén de los vagones.

El portero anuncia que estamos por llegar a Témoris, por atravesar el túnel "La Pera".

Justo cuando crees que el paisaje no puede ser más impresionante: arriba esas inmensas montañas, majestuosas, todas de lluvia y verde absoluto; abajo, profundidad insólita, marcada por la vena de un río que juega a acompañarnos en el descenso.

La visibilidad disminuye por la lluvia, las siluetas de las montañas se intuyen, como sombras.

El tremendo acto poético de ver la lluvia desde el tren.

Viajar sola: la experiencia.

Me siento como aquellas revolucionarias y atrevidas mujeres de la década de 1920.  Esas que subieron centímetros a sus faldas, cortaron sus melenas y bailaron charleston.


5:15 p.m.  Desde hace rato ya no veo pinos, el follaje aún es denso, sin embargo, distinto.

Elemento insólito, que se vuelve constante conforme avanzamos: postes de electricidad, con todo y cables, derribados por enredaderas. Como muestra de que la naturaleza sí puede vencer a la civilización.

De pronto: Sahuaros (¡!) Alguien que les diga que se equivocaron de ecosistema.


6:35 p.m. Escucho silvar a El Chepe por primera vez en largo rato. Poblado próximo.

Puentes y túneles. Los más altos y largos.  Nos adentramos a Sinaloa.

7:20 p.m. El sol es una naranja que se despide en el horizonte #sinfiltro.

Los Sahuaros toman sentido, en el nuevo paisaje. Me sorprenden ahora esos árboles cubiertos de enredaderas —siluetas de árboles, en todo caso—. Macondo debe ser algo así.

7:50 p.m. El Chepe llega a El Fuerte.  La noche cae, en Sinaloa. La mayoría de los pasajeros de mi vagón bajaron aquí, quedaremos, si acaso, 6 personas con destino Los Mochis.


Mujer que viaja sola
atravesando territorios
adueñándose del horizonte

sí, proclamo que todo ésto
es mío.


10:00 p.m. Llegamos a Los Mochis. Me doy cuenta que el recorrido de hoy tomó 7 horas... puedo decir que "sentí" las últimas dos, cuando la noche corrió el telón y no hubo posibilidad de fascinación con el paisaje; cuando sólo quedamos el vagón y yo... y ese soundtrack de pesadilla, que prefiero bloquear de mi memoria, ja.

***










2 comments:

Marisela Vargas Cortés said...

Me encanta el poder acompañarte en esta experiencia tan vivencial para la que abriste la puerta de tu espacio - memoria - tiempo.

Monica Morales said...

Un abrazo, Marisela.